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Mirar con magia, fantasía o realidad

16 agosto, 2018 por

Merche Aznar una de las integrantes de nuestro equipo nos ofrece un pequeño relato sobre su experiencia, opiniones y sensaciones en la naturaleza.

¿Cómo sueles mirar?   ¿Cómo observas?  ¿Has comprobado alguna vez ese dicho de que  “todo es del color del cristal con que se mira”?

 

Hace años empecé a intentar encontrar las caras de los árboles cuando los miraba desde una determinada perspectiva, y ahora se ha convertido en una costumbre que me lleva a tener curiosidad por verlas, cuando paseo por lugares donde hay árboles, me gusta encontrarles la cara, esto hace mucho más divertido mi paseo y hasta me hace relajar el estrés y el  pensamiento, puesto que mi atención en lo cotidiano desaparece, y entro en esta búsqueda como juego, igual que si estuviera haciendo una sopa de letras o a buscar las diferencias entre dos dibujos aparentemente iguales.

 

Que alegría sentí cuando por primera vez  reconocí una cara en el tronco de un árbol, su aspecto fuerte, recio y serio, la sensación de arraigo en la tierra, y de pronto esos ojos que descubro, su nariz y boca, y la sensación de que la naturaleza me observa con este semblante,  de una parte siento  alegría pero en vuelta en una grandeza que me empequeñece, a la vez que  reconozco, que nunca estamos solos, puesto que nuestro sentido de la vista tiene sus limitaciones inherentes, y si no utilizamos más de nuestras habilidades, nos perdemos muchas cosas que también existen porque están, aunque no seamos capaces de verlas con un simple vistazo a primera vista.

 

El árbol que más me ha impactado ver fue uno que está al margen de un camino en el Valle del Jerte, en concreto un pino y un castaño, inmenso y precioso, su gran cara ya se me hizo visible desde unos metros de distancia, claramente; conforme me iba aproximando sentí su gran fuerza y unas ganas de abrazarlo tan grandes que no pude resistirme. No podía abarcar su contorno con mis dos brazos, por supuesto, pero lo abrace y el sentimiento que noté fue como si abrazara a un abuelo o padre, a la vez los dos parentescos, pero que no sólo eran de mi familia, sino que fueran de todo el mundo, este castaño con su gran copa situado en un lugar espléndido de este valle. Cerca de él, discurre un riachuelo que da frescura al lugar, haciendo el recorrido maravilloso, tanto es así que, sin lugar a dudas para mi, pienso que éste es un lugar en el que todavía habita la magia, y que seguro  existen puertas maravillosas que nos trasladan a otro mundo de naturaleza y de otra realidad.

 

Nosotros, como seres humanos que somos, vemos nuestros sentidos mermados por la costumbre de nuestra rutina y la cotidianidad de nuestras vidas,  esto nos lleva a no trabajar y ejercitar aquellas partes de nuestras capacidades que nos llevarían a percibir y disfrutar como cuando éramos niños, teniendo todavía  la capacidad de mirar todo con curiosidad e ilusión y magia. Por un lateral del camino seguí la senda que bajaba al arroyo, éste llevaba a una zona con grandes piedras introducidas en parte en el agua, desde lo alto el Sol se reflejaba en ellas y en el agua,  el astro rey entraba e iluminaba ese cañón maravilloso de la naturaleza, dándole un aspecto a la par de mágico y misterioso, es de esos lugares dónde el tiempo desaparece para el visitante, porque las sensaciones que se reciben son tan calmantes y tranquilas que el reloj deja de existir y solo se queda la percepción de estar vivo y respirar la grandiosidad que sólo la madre naturaleza sabe aportarnos en este maravilloso planeta, nuestra casa a la que llamamos Tierra,  en este momento comencé a ver como una decena aproximadamente de libélulas de colores verdosos y azulados estaban volando en el entorno, y cuál no fue mi sorpresa cuando algunas de ellas se posaban en mis hombros o en mi cabeza,  al igual que si me estuvieran besando, levanté con cuidado uno de mis brazos y con la mano extendida dejé que se posaran en ella, esos cuerpecitos tan delicados y que saben volar de ese modo tan, tan especial y silencioso, como dicen los cuentos que de chiquitos nos leen “Algunas  hadas del bosque utilizan las libélulas para volar y poder viajar de unos lugares a otros”, bien,  las hadas no fui capaz de verlas, pero a las libélulas sí, y fue todo un gozo poder sentir esa sutileza de vida en mi mano.

 

Incluyo unas fotos  que realice en ésta excursión, y espero que cuando salgáis al bosque os acordéis de este pequeño relato y si queréis, observar y percibir como cuando erais niños, y por unos minutos dejar la madurez  en el estante. ¿Es que no te lo mereces?, seguro que sí.

 

Si cuidamos y respetamos la naturaleza y la vida, la naturaleza cuidará de nosotros.

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